
El cuento es bien largo. Lo subi porque dos profes y Armando me dijeron. No se si se aguantan 13 páginas. Por cierto Armando no ha vuelto a escribir porque cuando cerré el blog, se bloqueó la cuenta de él; ademas ha estado ocupado. Me dijo que le parece que el nivel de gente bajo, me dijo que me vendiera al facebook o hiciera otro escandalo, vamo' a ver.
“Risaralda”
Por Daniel Vivas Barandica
¡Guácala! es lo primero que viene a mi cabeza cuando pienso en aquel ser monstruoso de repulsivos ademanes, facciones porcinas, cuerpo grasoso, y de conductas agresivas. Asco, nauseas, ira, fue lo que sentí la primera vez que conocí a Fernandina Risaralda, una mañana de Mayo en que la profesora de Algebra, me escogió para que ser el nuevo amigo y guía, de aquella mofletuda de mirada amarga y timidez deprimente. Recuerdo que al principio no hablaba, era retraída, mantenía sola. Pero conforme pasaron los días Fernandina sacó las garras, para ser más exactos, las pezuñas. De un momento a otro se volvió la líder de “las portadoras” grupo de niñas asquerosas, flacas con barrigas de follar; mejor dicho, con pura pinta de puta de la quince. Fernandina las hizo fuertes, les enseñó “el arte de las perversiones sexuales oscuras de una gorda desagradable” (buen título para un libro), y se convirtieron en el terror de los niños chiquitos. Pues Risaralda, junto con sus tres amigas, se aprovechaban de los pobres infantes y se los cogían. El rango de edad que atacaban, oscilaban entre los once y catorce años. A niños pubertos, que recién estaban produciendo semen, y andaban deseoso de meterla, así fuera en los cajones del armario. La opción con Fernandina y las portadoras era para pensarlo dos veces. Faltarían años para que estos niños tuvieran relaciones sexuales. Además aunque sea les ofrecían la posibilidad de meterla en algo humano. Pues aquellos niños ya estaban cansados de los pasteles, las puertas, las frutas y demás elementos con lo que saciaban sus ansiedades precoses. Fernandina siempre actuaba de la misma manera. En las clases se hacía amiga de aquellos jóvenes, les regalaba dulces y comida. En el recreo se reunía detrás de la salones con sus amigas, y entre todas convencían a los pobres arrechose ende que jugaran “la verdad se atreve”, “pico botella”, o algún otro juego de incitación sexual. Luego terminaban besándose entre todos, y aunque al principio forzadamente, con la calentura los niños accedían a follarse a dichos demonios del séptimo anillo del infierno. Recuerdo que una vez que estaba enfermo y me quedé dormido en el salón, mientras todos estaban almorzando, me despertaron los gritos ahogados de dolor de varias mujeres. Sorprendido me levanté y caminé en dirección a aquellos gemidos. La escena fue escabrosa. Fernandina en cuatro patas, mientras un flaco de escaso metro 30, la penetraba y otro gordito de once años le ponía el pipi en la boca. Ellos no me vieron, pero yo no pude dormir en años. Lo curioso es que a simple vista Fernandina era la típica gorda estúpida, de la que no se espera nada malo. Desde los quince años lleva su pelo negro hasta los hombros, pesa cerca de 120 kilos (y aumentando), y nunca se ha cortado el bozo. Sus patillas son peludas y constantemente emana grasa de su cara. Aunque ahora que tiene 22 es más oscura. Desde que tengo memoria se viste igual. De pantalones oscuros, y camisas negras, moradas o cafés. Tal vez porque estos colores la hacen ver menos gorda, pues si usara blanco, pasteles o claros, sus neumáticos saldrían a la vista.
Durante el colegio, Fernandina sufrió mucho. Siempre quiso ser aceptada, pero mis amigos y yo le mantuvimos su autoestima por el piso. Recuerdo que la llamábamos Temilda, le botábamos los cuadernos, le pegábamos y nos reíamos de su constante descontrol por la comida. Más de una vez la hicimos llorar. Lo único bueno que tenía esa gorda era la plata. Sus papas, dos prestigiosos abogados de la ciudad, muy bien pagados, que suplían todos los gustos de su asquerosa hija. Para ellos su hija era una mártir, tanto que le no le dijeron nada cuando le pillaron a “Winky”, su consolador rosado, el cual se había convertido en el elemento que más usaba, incluso más que el cepillo de dientes. O cuando su abuela le preguntó, delante de toda la familia, “¿Qué son estas bolitas?, refiriéndose a las “Bolas Chinas” que ella utilizaba para introducirse por el recto. Sus padres que sÍ conocían aquel juguete, quisieron desmayarse. Fernandina mintió diciendo que un collar.
Pero es que la arrechera de esta gordita, a simple vista muy sana, no llegaba a un límite. Constantemente hablaba de sexo sucio, y mantenía pendiente del miembro de cuanto hombre le pasaba por el lado. Pobre mujer nunca había tenido novio, y por eso se enamoraba de cuando degenerado, asqueroso, precoz se la hundía. Al final siembre terminaba sola, llorando, y metiendo perico con las pocas amigas que tenía de verdad. A veces pienso que lo hacía por el ánimo adelgazar; también para salirse de aquella realidad tan inmunda a la que estaba condenada a padecer, sola, atrapada en un cuerpo sudoroso y abominable.
Algo que marcó mucho a la hedionda de Temilda, fue la desaprobación de sus padres cuando conocieron lo que ella había decidido estudiar. “Pero Fernandina, yo no te veo de Comunicadora Social” le dijo su papá. “No cumples el perfil, te van a hacer sufrir” agregó su mamá. Fernandina les preguntó “si su desacuerdo, se debía a que no era rubia, delgada y linda”. Sus padres no contestaron. La gorda lloró durante días. Finalmente la dejaron estudiar aquella carrera de brutos, pseudos artistas, futuras presentadoras, y estudiantes mediocres que no quieren saber nada de matemáticas. Hasta le apoyaron un “Magazine” pedo, en un canal regional. Este nadie lo veía y únicamente le traía deudas. Numerosas veces la presentadora, una de 30 años le quedaba mal o metía la pata. Produciéndose que Fernandina, estallara en rabia, y hasta le pegara. Varias veces la policía tuvo que llegar al precario estudio de grabación y llevarse a la gorda a la estación. Sus papás siempre la recogían con resignación y le insistían “¿Qué por que no presentaba ella?”. Fernandina les gritaba que “si eran ciegos, que como un bodoque como ella podía ser presentadora”. Sus papas lloraban en silencio. Para todo padre por más que su hijo parezca un bollo de mierda, un mongólico indefenso, se parezca a E.T o a una marrana en celo, siempre será la cosa más linda del mundo. Por eso creo que no voy a tener hijos. No quiero que por desaciertos de la naturaleza, tenga que soportar una extensión de mi mierda, durante más años.
Bueno pero volvamos a Temilda. Para ella entrar a la universidad fue más difícil de lo que imaginó. Al principio le parecía muy duro el cambio de clases. Odiaba como la miraban la decena de estudiantes durante los recesos. Algunos con asco, otros con odio, unos pocos con lástima. Temilda o Fernandina como siempre se presentaba, se demoró apenas dos semanas en tener un grupo sólido. Encontró unos jóvenes que la aceptaron, la estimaron, y por primera vez se sintió querida. Miguel fue el primero con el que se sentó. Era un viejo amigo de ella, del que luego les contaré. A Osvaldo ya lo conocía. Este era un homosexual escondido de 25 años con el cual compartía todas sus aberraciones. Osvaldo era feliz escuchando todas las cochinadas que Temilda hacía. A violeta su única y casi mejor amiga de
Hace dos semestres la gorda hizo que mi odio hacia ella creciera más. La muy indigna me cerró la puerta en la cara del salón, aunque vio que yo venía corriendo. Recuerdo que le grité: “¡espérate un segundo!”, pero la maldita me respondió: “¡es orden del profesor!”. Mucha sapa regalada. Ese día le dije a través del vidrio “¡GORDA CATRE HIJA DE
En la universidad Temilda casi no tenía amigos. Seguía con su grupo de estúpidos compañeros, mirando mal a todo el mundo, y portándose de manera grotesca. De nuevo mi nuevo grupo y yo, la intimidábamos. A veces prefería esconderse que pasar por donde estábamos. Pobre Temilda, podían marcar 30 grados centígrados que ella continuaba con su suéter, para ocultar lo que todos ya sabíamos. De verdad este mundo no es para gordos, y Temilda era conciente de ello. Por eso sufría tanto. Pero no hacía nada para contrarrestar su condición. Se mantenía comiendo papas fritas con guacamol, hamburguesas, pizzas y demás comidas altas en grasas. Pero es que Fernandina, (que hasta en el fondo la entiendo) no era culpable. En la maldita época donde nos toco vivir, la humanidad fluctúa en una constante contradicción. Por un lado la industria ofrece numerosos alimentos con diversos sabores y preparaciones, que hacen a tu paladar un éxtasis total, pero que con los años te enferman, engordan y son perjudiciales para la salud. (Léase MacDonalds, Burger king, frituras, golosinas, etc.). Por otro lado, los medios han idealizado la figura esbelta como el máximo tope de genialidad. De esta manera tu no sabes si tragar, hacer ejercicio, operarte, comer o vomitar, ¿O qué diablos hacer? ¿Cómo se puede vivir así? Obviamente esto les ocurre a ciertas personas de la población, y lamentablemente, Fernandina estába en dicho porcentaje. Según las estadísticas, aunque desde antes de Cristo la gente se mataba, y los romanos inventaron la bulimia, el índice de este par de fenómenos ha incrementado en el último siglo; en muchos casos por que las personas no se quieren y tienen trastornos con la comida. Tal vez Fernandina se debería quitar la vida, pero creo que en el fondo la extrañaría. Además ¿Quien putas me haría sentir que mi existencia vale? jajaja. Muchas veces darnos cuenta que el otro es una porquería te hace disfrutar el día a día.
Una mañana, mientras estaba sentado afuera de la cafetería, con Violeta, que ahora era amiga mía, (la verdad me acerqué a ella porque me gustaba, pero al final me había desencantado, luego les diré por qué) la gorda protagonista de este relato, llegó corriendo emocionada hacia nosotros. Yo, que hipócritamente ya le alzaba la ceja, me quedé mirándola aterrado. Venía agitada, sudando y hablaba desesperada. Violeta riéndose un poco, pero con curiosidad comenzó a calmarla y a preguntarle ¿Qué pasaba? Fernandina, un poco más calmada, con lagrimas en los ojos, y tomando aire le contó, o nos contó, (porque yo fui participe de la conversación), que en una semana se iba a ver con James, su novio virtual, y que él ya le había mandado el pasaje para que se fuera a Los Estados Unidos a conocerlo. La noticia me dejó en shock. ¿Quien podía ser tan cochino de querer comerse a aquella gorda? ¡No!, de tan solo darle un mísero beso. En mi mente, me reí a más no poder. Imaginé que mínimo Fernandina, le había mostrado una foto falsa, de una mujer bella, o tal vez de una modelo. Pero tuve que comerme mis pensamientos. Fernandina nos mostró las conversaciones de Messenger, los videos que cada uno hacia para conocerse, y hasta nos contó, (ese no lo quisimos ver) de cómo tenían sexo virtual. Resulta que ambos sujetos se habían conocido en una sala de Chat por casualidad, luego se rotaron los correos de Hotmail, y comenzaron su relación por el Messenger. Su príncipe, el cual yo creí que estaba ciego, pero en verdad se encontraba más sano que superman, era un empresario gringo de treinta años. Tenía dinero, y manejaba una pequeña compañía de software y comunicaciones. Dios le había mandado a Fernandina el amor, y me lo estaba restregando en la cara, pues yo llevaba casi un año sin pasar de besos esporádicos en discotecas.
Perra vida, pensé, para todo bicho hay su contraparte. Fernandina llevaba meses hablando con James, y este ya le habían mandado rosas, flores y ahora se conocerían personalmente.
Lo que supe y vi un mes después fue realmente único. Cuando volvimos de vacaciones, Fernandina estaba más dichosa que nunca. Había pasado las vacaciones con su novio, en un crucero por Estados Unidos. Todos los días follaban, compraban cosas, comían, y la pasaban bien. Fernandina tenía videos donde el Joven empresario enamorado, accedía a realizar caprichos de ella. Como bailar “la canción del puerco araña” de los Simpsons, o cargarla como recién casados. En ese video ambos cayeron al suelo por el peso de Fernandina. Con el tiempo sentí hasta felicidad por ella. Creo que la había tratado muy mal, y en el fondo tenía remordimientos. Fernandina ya me llamaba “Dani”, o me decía “Daniel el travieso” de cariño. Ahora se portaba amablemente, y me contaba las cochinadas que hacía por Internet. Por ejemplo, que se vestía de colegiala, o se echaba chocolate en su cuerpo, y hasta cuando se masturba, todo para satisfacer a su novio.
Otra mañana mientras estábamos en clase a Fernandina la llamó James al celular. Inmediatamente salió corriendo despavorida, mientras el profesor de Historia la miraba con rabia. Fernandina no volvió a clase. Cuando Violeta y yo salimos a buscarla, estaba tirada en el campus, con la mirada hacia el cielo, esbozando una sonrisa de oreja a oreja. Yo ya me lo presentía por eso no me sorprendí cuando mi amiga Hippie le preguntó emocionada: “¿Qué ocurre?”, y ella respondió: “James me pidió Matrimonio, en dos meses, exactamente, cuando las clases acaben, me voy a cazar con él, así tenga que hacerlo sin permiso de mis padres”. Violeta se abalanzó contra ella. Ambas rodaron por una pequeña colina, riendo y gritando. Yo miré mi reloj “Alessi”, sentí la brisa pasajera, y me fui a buscar una novia.
Las clases en
Cuando llegaron a la casa Fernandina no se cambiaba por nadie, hablaba de cómo se llevaría acabo la boda, donde sería, le daba besos a James, le mostraba fotos, lo abrazaba, mientras que él únicamente la miraba. Algo había cambiado en el comportamiento de James pero Fernandina no se dio cuenta. Estaba embelezada con lo grande que era la casa, y lo bello del paisaje. Mientras tanto el gringo se notaba pensativo, y muy serio. En un momento mientras Fernandina se estaba desnudando, James se le acercó y le ofreció una copa de vino, ambos brindaron y se lo llevaron a la boca. Las gaviotas cantaron, un niño agarró un pez, una madre se suicidó, alguien nació, y la marea creció. Antes de caer inconciente, el último pensamiento de Fernandina fue “que hombre tan hermoso y gentil, creo que he alcanzado el paraíso”. Lo siguiente que pasó fue cruel, violento y vil. James llamó a sus compañeros. En escasos 20 minutos llegaron al apartamento. Eran cinco hombres, dos americanos, dos europeos, y un asiático. Este último se encargó de cortarle el cuello a Fernandina tratando de no derramar mucha sangre. Fue muerte instantánea. La pobre gorda, que yacía dormida en el suelo, ( debido a una sustancia que James vació momentos antes en su vino) , ni cuenta se dio que al otro lado fue a parar. Mientras tanto los europeos saqueaban las pertenencias de
James no sentía nada de remordimientos. Llevaba cerca de tres años haciéndole lo mismo a diversas mujeres. Pues él, junto con sus compañeros, y otras diez personas, pertenecían a una gran red de tráfico de órganos. Su labor era hacerse pasar por un hombre adinerado, que buscaba compañera. Durante varios meses gastaba dinero, y tiempo en el Chat con sus futuras victimas enamorándolas. Normalmente en las primeras visitas de aquellas pobres mujeres, la organización les daba muerte. Pero para Temilda, fueron necesarias dos, pues se dieron cuenta que poseía mucho dinero, y era mejor convencerla de que lo llevara por completo la segunda vez, ya que ella iba a iniciar una nueva vida.
Los otros dos americanos se encargaron de levantar el cadáver. Ambos iban vestidos con overoles de mudanza. A Fernandina Risaralda, la introdujeron en un gran baúl. Cabe aclarar “gran” por el tamaño de la joven. Luego lo subieron a un camión que se encontraba cerca al garaje. Un policía que caminaba a lo lejos, sintió curiosidad por saber que tenía aquel gran baúl. Pero el culo de una rubia en patines, lo hizo olvidar sus pensamientos. James, el asiático, y los dos Europeos abandonaron la casa, y se unieron a sus compañeros americanos. Los seis eran hombres grandes, de facciones toscas y a leguas podías advertir que no andaban en buenos pasos. Pero Fernandina no notó nada de ello en James, para ella él siempre fue un príncipe.
A Fernandina la abrieron como una vaca. De la casa de la playa, fue llevada a una vieja bodega a las afueras de la ciudad. Allí James y los demás hombres, la entregaron. Otros tres hombres con pinta de doctores las recibieron, (dentro del baúl) y la pusieron en una gran mesa de operaciones. Una mujer alta, que luego apareció, fue la que les pagó a cada uno el dinero y les dijo que en dos meses los contactaba. Las vacaciones habían llegado. El asiático, James y los demás descansarían por unos largos días.
Los tres hombres que parecían doctores comenzaron su trabajo. Abrieron a la pobre Fernandina desde el pecho, y comenzaron a extraerle los órganos. La sangre y grasa emanaba de la joven obesa, pero a los hombres no les importaba. La mujer observaba con placer desde una esquina de aquella bodega. El más alto de los tres se encargaba de cortar; le decían “el cirujano”. En verdad había estudiado veterinaria. Otro, el moreno, hacía de asistente. Durante años trabajó en una carnicería. El tercero, el más viejo, se encargaba de revisar los órganos, darles el visto bueno y ponerlos en un gran refrigerador con hielo. Era feliz diciendo “este si”, “este no”. Aquel hombre había sido medico cirujano muchos años atrás, pero fue retirado por pequeños brotes de artritis en sus manos. Por eso no se encargaba de las disecciones. Aunque si dirigía al “cirujano” a la hora de extraer las corneas.
En Colombia Violeta, Daniel y los padres de Fernandina, no volvieron a saber de ella. Aunque sus padres lloraban, el par de jóvenes los consolaban contándoles lo feliz que su hija estaba, y tal vez lo bueno que lo estaba pasando. En sus ingenuas almas, tenían la esperanza de que Fernandina algún día se acordara de ellos. Fernandina no había dejado algún indicio que diera pruebas de su paradero.
En Italia un padre alcohólico, volvió a reunirse con su familia, al salir bien de un transplante de hígado. En Brasil, una mujer volvió a creer en Dios, al recibir un nuevo corazón. En Sudáfrica, un viejo millonario, continúo disfrutando de su fortuna con un transplante de páncreas. En Australia, un joven regresó al colegio, después de llevar un año luchando contra la muerte, mientras esperaba un donante de medula. En Birmania, una niña volvió a ver las flores, conoció a su hermano menor y se maravilló con los paisajes que había olvidado, después de haber perdido casi por completo la visión.
(Todos los personajes mencionados en dicha obra son ficticios, creaciones del autor)

2 comentarios:
fictisio.. jajajajajajajajajajajajajaja
Esta bueno pero no contaste nada de los otros amigos de la vieja...
Jajaja ficticios!
Publicar un comentario en la entrada